La montaña que me habló

A continuación, un poco de historia… ¿De donde surgió La Vida Zen?

trees1En el 2007 una visita a una montaña me causó desvelo. Era una cita amorosa. El dijo que me llevaría a un lugar que me agradaría asi que no pregunté a donde. Me vestí (equivocadamente) con falda larga y botas de tacón. Razón por la cual mi enamorado hizo fiesta con sus chistes durante el camino por mi vestimenta en pleno invierno.

El viaje en auto fue largo pero con tanta conversación el tiempo voló.

A medida que nos acercábamos al destino final, notaba como el panorama cambiaba a través de la ventana. Ya no se divisaban edificios, ni viviendas, los autos eran menos, y nos adentrabamos a un mundo diferente. Estaba ansiosa por saber a donde me llevaría…

El auto se detiene y el me dice ‘”Llegamos”… “¿A donde?” contesté yo. Solo veía cientos de árboles y una carretera tan estrecha que a penas dos autos en direcciones contrarias podían pasar sin chocarse. “Si estoy correcto en mi percepción sobre tí, creo que este lugar te va a gustar… quizás no… veremos en unos minutos”. Y yo, escorpiona al fin (extremadamente curiosa) dije “¡Vamos!”                  

Con tarjeta de acceso entramos a una montaña y luego de manejar unas millas más, llegamos a una casa móvil de campo completamente cubierta de nieve. Mis botas de tacón se enterraron hasta mojarme las rodillas. Estaba congelada, el frío era intenso. “Esta propiedad es de mis padres, vienen a disfrutarla cada verano, es su lugar de escape” comentó.

Había una hamaca amarrada primitivamente a dos árboles y se escuchaba un riachuelo que rodeaba el lugar. Entramos a la casita donde había una terraza pequeña, una sala y cocina tan diminutas que parecían de una casa de muñecas. Un televisor miniatura de los años 70′ y una habitación con solo una cama para dos, un puñado de libros, un par de cobijas gruesas y una Biblia. Todo mientras un bello atardecer se inmiscuía a través de las ventanas.

Quedé fascinada al instante. Fué amor a primera vista.

Comenzó a nevar y caía la noche rápidamente. La temperatura continuaba descendiendo a un ritmo acelerado y él no lograba encontrar el panel de la calefacción en el exterior de la casa. No había linternas a mano y siendo una montaña, no se veía nada. Parecía la boca de un lobo como dicen en Puerto Rico. Mientras, yo observaba cada rincón, detalle y objeto.

Me resultaba novedoso el profundo silencio que abarcaba el lugar. Podía escuchar mis propios pensamientos, parecía que estábamos abandonados lejos de civilización alguna. Sin exagerar, parecía ambiente de película de misterio.

El entró y dijo “Por fin, tenemos calefacción”… yo contesté “Este lugar es lo más fabuloso que he visto en mi vida, yo quiero una casita como ésta y en esta montaña. Necesito comprarla ya, ¿me ayudas a conseguir una?” Y el sonriéndo me contestó “Yo sabía que te encantaría”. Dos años más tarde, compré una el día de mi cumpleaños.

La llamé “My little House in the Woods” (Mi casita en la Montaña).

De inmediato, comenzé a trabajar en ella. Limpieza extrema que tomó varios fines de semana, remover basura, cambiar pintura y todo lo que requiere remodelar una casita que fue comprada en 1970 y abandonada en 1997, al morir sus dueños. Uno de sus hijos la vendió tal y como estaba. En completo estado de abandono. Tres generaciones habían pasado sus veranos e inviernos allí. Tenía historia y vidas vividas.

Tenía una terraza de madera al aire libre rodeada de decenas de árboles de más de 70 pies de altura. Abandonada, oscura y sucia. Varios árboles habían caído sobre ella y había que entrar con “machete” para poder ir abriendo camino para llegar a ella. Pero yo ví su belleza y esplendor. Mi inspiración era una sola, lo que sentí en esa montaña la primera vez que fuí. Sentí una conexión con algo más allá.

¿Que tiene que ver mi casita en la montaña con este blog? Todo. De ella surgió un sentido de urgencia al querer revivir lo que sentí cuando la conocí. Necesidad de estudiar esa atracción entre la montaña y yo.

No se si fué la paz de esos árboles cuando parecían bailar un waltz con el viento, o el riachuelo que se escuchaba suave a lo lejos, la cantidad de pájaros y sus cantos o el sonido casi humano del viento. Quizás fué la falta de contacto humano o la ausencia de tecnología, pero algo en mí cambió de “OFF” a “ON”.

Cuando algo estimula del tal manera un nervio dentro de ti, no debes cuestionarlo, aunque parezca un impulso sin sentido. ¿Que es lo peor que puede pasar?

Cada vez que la visitaba, no quería regresar. No me hacia falta conversación, celular, reloj, televisor, ni gente. Con el silbido de los pájaros, el vaivén del viento y el sonido del silencio bastaba. Era música para mi alma.

Esa tarde en el 2006 tuve dos citas amorosas. Una con mi enamorado y otra con la montaña. Ambas me ayudaron a reencontrarme.

¿Tienes algún espacio sagrado donde escapas para conectarte contigo mismo?

Suscríbete a La Vida Zen, es gratis

Leave a Reply